Howard Roark es ese personaje idealista del que les platico. Se negaba a seguir los estándares de una arquitectura construida sobre las obras exitosas del pasado. Él quería crear una corriente nueva y constantemente repite una frase que me trae frito:
"No construyo para tener clientes. Tengo clientes para poder construir."
Reflexiono mucho sobre eso porque me pasa muy seguido. Vivo en una época donde es fácil olvidar para qué hago las cosas. El dinero deja de ser un medio y se convierte en el objetivo; el trabajo deja de ser una forma de crear valor y se vuelve únicamente una fuente de ingresos; los seguidores sustituyen al mensaje y el "éxito digital" reemplaza al propósito.
Pero las cosas verdaderamente trascendentes nacen cuando el orden es el correcto. El sacrificio cobra sentido cuando está al servicio de algo que amo. Entonces las desveladas ya no son solo cansancio, el esfuerzo deja de sentirse como una carga y las renuncias dejan de parecer pérdidas. El sacrificio, por sí mismo, no tiene ningún valor; adquiere significado cuando es el precio de construir algo que consideramos digno de existir.
Creo que ver la vida de esa manera puede ayudarme a ser todavía más necio con los propósitos que le suman a mi vida y, ojalá, también a la de los demás.
Con cariño, Chiner