Una historia cortita, pero poderosa.
De morro, todos los veranos me mandaban a Monterrey, porque de allá es la familia de mi papá.
Me quedaba en casa de mis abuelos, pero siempre iba medio tenso porque tenía el problemita de que me hacía pipí en la cama por las noches. Durante un par de veranos me sucedió el “accidente” varias veces y mi abuela me encubría sin decirme nada; o sea, nunca se tocó el tema. Las sábanas, día con día, estaban limpias.
Tenía como 11 años. Me ilusionaba mucho que por las mañanas mi abuelo me llevara a trabajar o a sus vueltas de adulto. Pero un día fue más temprano de lo habitual al cuarto y yo estaba dormido… y fue de esos días en los que me había hecho pipí. Yo estaba bien apenado.
Pero él, relajado, empezó a platicar conmigo:
—Ya supe de los accidentes que estás teniendo por las noches. Quería saber por qué suceden —dijo mi abuelo.
—Pues no sé… yo creo que por miedo.
—¿Pero miedo a qué?
—A lo oscuro.
—¿Pero qué tiene la oscuridad? ¿Qué crees que te puede pasar?
—Pues que me salga un fantasma o un monstruo.
—Ok, ok, ya te entiendo. A mí también me daba miedo por las noches, pero hice una investigación. Los monstruos no existen… pero los fantasmas sí.
En eso sacó una calculadora chiquita del bolsillo derecho de su camisa y empezó a hacer cuentas. Me dijo:
—Según mi investigación, en el mundo hay 1.5 mil millones de niños (mientras lo anotaba en la calculadora) y también investigué que solo hay 1,000 fantasmas en todo el mundo. Si sacamos las cuentas, las posibilidades de que un fantasma se te aparezca son de 0.0000066. O sea… casi imposible.
Después de hacerme estas cuentas, que yo entendía poco pero me hacían sentido, me dijo:
—¿Por qué te crees tan importante que, habiendo tantos niños y tan pocos fantasmas, se te van a estar apareciendo a ti todas las noches? Se me hace un poco egoísta.
Yo, impresionado con esos datos y con que me hubiera dicho entre palabras que era egoísta, me quedé muy pensativo, pero sentía algo de alivio.
A partir de esa noche, ya nunca me volví a hacer pipí, jeje.
Me gusta mucho acordarme de esa historia, porque las cosas que uno decide creer modifican nuestro comportamiento y nuestra realidad. Y ahora, ya de grande, me encanta creer que venimos a pasarla bien en esta vida, aunque las situaciones a veces estén potentes, jajaj.
¡Ánimo!