Cuando viajo, en vez de comprarme algún “ofni levantalikes”, busco cafeterías, me tomo un rico café después de correr por algún lugar nuevo y compro café en grano. De cada viaje siempre regreso con dos o tres bolsitas de distintos lugares.
Ya cuando estoy en casa, el momento de hacerme mi café me encanta. En vez de hábito, se convirtió en un ritual, porque escojo entre las diferentes bolsitas cuál me late más en ese momento, ya sea por el sabor o porque quiero recordar el lugar en el que estaba.
Un objeto cotidiano se convierte en una especie de souvenir sensorial, porque no solamente es el objeto como souvenir. Puedo olerlo, prepararlo, tomarlo y regresar por unos minutos a ese lugar. Pero ahora con un ingrediente que no tenía cuando estaba ahí: la nostalgia deliciosa de ya no estar.
Y como me gusta platicar, cuando le preparo uno a alguien inevitablemente viene la historia:
“Este lo compré en…venia de correr de…”
Entonces ya no le estoy sirviendo solamente un cafecito. Le estoy compartiendo un pedacito de mi viaje.
Creo que necesitamos menos rutinas y más rituales.
La rutina es algo que repetimos en automático por un objetivo; el ritual es algo que repetimos para sentir presencia, recuerdos y conexiones alrededor de lo que hacemos.
PD. Cuando quieran les invito un café y les aplico la aburridora, jeje. ¡Salud!
Con cariño, Chiner