Mientras estaba asombrado viendo el show, le dije a Chuy, mi camarada con el que iba:
—Ver talento pone, carnal.
No me refiero a que guste o entretenga. Me refiero a que te mueve algo por dentro. Como cuando ves a alguien hacer algo con tanta maestría que te despierta algo muy intenso.
Y resulta que no es solo una sensación poética o romántica. Hay algo químico detrás de esa sensación que produce ver talento.
Cuando presenciamos una demostración extraordinaria de arte, creatividad o habilidad, el cerebro activa parte de sus circuitos de recompensa y libera dopamina, un neurotransmisor relacionado con la motivación, el aprendizaje y el deseo de acercarnos a aquello que consideramos valioso.
Al mismo tiempo, nuestras neuronas espejo recrean internamente una pequeña parte de lo que observamos, permitiéndonos sentir la experiencia desde dentro, como si fueras parte de lo que estás viendo.
Quizá por eso un gran concierto, una película perra o una obra de arte no solo se admiran: se sienten en el cuerpo. Durante unos instantes, nuestro cerebro recibe un recordatorio poderoso de lo que los seres humanos somos capaces de crear, y esa posibilidad también nos pertenece.
Ver a alguien hacer algo extraordinario nos recuerda lo que somos capaces de crear cuando mezclamos tiempo, práctica, obsesión y amor por un oficio.
Por eso creo que ver talento pone, como si consumieras alguna sustancia amigable.
Porque durante unos minutos nos sensibiliza y nos saca un poco de la realidad. Nos conecta con una posibilidad muy poderosa y superior.
Entonces imagínate llegar a ser ese talento y vivirlo en tu propio cuerpo. Debe ser algo maravilloso.
Definitivamente, una parte de lo que hace brillar tanto a esos talentos extraordinarios es simplemente el tiempo dedicado a exponenciar su virtud.
Con cariño, Chiner